Cierta inmortalidad
Entre las pésimas consecuencias que ha tenido el cine en mi vida figura (en uno de los primeros lugares) la de hacerme a la idea de que la muerte es alguien, un anciano de capucha y guadaña, un tipo pálido y sereno de semblante inexorable, un Brad Pitt robótico y de smoking. Son estereotipos cinematográficos que responden a la necesidad de los directores de mostrar algo en la pantalla que asuma el etéreo rol de la parca, y los espectadores hemos ido adquiriendo tal capacidad de reconocer ese y otros códigos que si aparece un personaje que responda a las características antes descritas fácil será que digamos "¡Chau, la muerte!" y a correr. ¿Para qué le damos cuerpo, cara y manos a un personaje tan indeseable? Yo tengo mi teoría. Ingenuamente queremos creer que si se ve como nosotros, si tiene ojos y boca y hasta puede sonreír, queda una chance contra ella. Por eso Bill y Ted juegan con la muerte y le ganan en todo, hasta en el piedra, papel y tijera (aunque aquella muerte era especialmente tonta y por eso la he utilizado para ilustrar este artículo especialmente tonto). Sé que eso es mentira, es lindo creerlo, claro, pero seguro que cada vez que uno de nosotros hace piedra, la muerte hace papel y fin del juego. Sin embargo, aquí, en estas pocas líneas previsibles y descartables, no hay regla ni muerte, aquí no se puede perder contra nada y el único límite es el de la imaginación del autor, límite pobre si los hay. Por eso imagino ahora una muerte que no es todopoderosa, una muerte oficinista y burócrata, harta de su horario, de su mala retribución, de su mala fama, de que los artistas le escupan la cara con su arte, una muerte que se cansa, que no es ubicua y que por eso se agita terriblemente cuando tiene que correr de un lado a otro. Esta muerte marca tarjeta y pide, cada tanto, un reemplazo, ayuda, vacaciones, cosas que se le niegan siempre, y es que la muerte no está agremiada y se la pisotea sin miramientos. Dios (el jefe, claro) es inflexible. Así va la parca por el mundo, buscando, para su hoz, afiladores que son cada vez más escasos, aunque la muerte sabe de su utilidad y sólo se los lleva cuando no hay más remedio, lo que explica la proverbial longevidad de los que practican este oficio.
Esta muerte que imagino deja resquicios interesantes. Si está en Nueva York entre los hierros humenantes de un descarrilamiento, es probable que no llegue a tiempo a Montevideo durante el transplante de pulmón del paciente 715 de La Española, y si anda por Estocolmo a la espera de que los paramédicos desistan de sus intentos vanos sobre un viejo que ha hecho un paro cardiorespiratorio quizá se olvide de un ovejero alemán (de nombre Toby), cuyo dueño le acaricia las orejas en Santiago de Chile mientras el veterinario lo prepara para sacarle un bulto malo del pecho. Son rendijas, caballeros. Ahí están. Son fragmentos de inmortalidad. Cuando un obrero tambalea en el andamio y se agarra de algo en el último momento es que la muerte se atrasó en otra parte, hubo alguien al otro lado del mundo que aguantó un latido más, un suspiro más, y salvó a este otro, que nació de nuevo.
Ya lo saben, señores, somos inmortales, de alguna forma.
